La catedral del toreo despide a uno de sus hijos en una ceremonia íntima y emotiva
La Plaza México, hoy silenciada para la fiesta brava que le dio vida, abrió sus puertas este lunes para recibir los restos mortales del matador de toros Marcos Ortega, quien falleció el domingo 3 de agosto a consecuencia de un infarto cerebral que había sufrido el pasado mes de junio.
En un gesto de respeto y tradición, la empresa de la monumental plaza permitió a la familia del diestro llevar su féretro al ruedo para rendirle un último homenaje. Marcos Ortega dio su vuelta final por el albero que tantas veces había pisado como torero y donde posteriormente, ya retirado de los ruedos, solía ocupar su lugar en el primer tendido para disfrutar de las tardes de toros.
La ceremonia, íntima y discreta, se realizó después de la misa de cuerpo presente que tuvo lugar en la funeraria donde fue velado el matador. Familiares, amigos y algunos aficionados pudieron así despedir a quien fuera parte importante del toreo mexicano.
Marcos Ortega había encontrado en su retiro una nueva pasión: la de observador crítico y conocedor. Hombre de criterio formado, le gustaba analizar el toreo desde las gradas, siendo especialmente exigente con aquellos diestros de los que sabía podían dar más de sí. Su presencia era habitual no solo en la Plaza México, sino también en las plazas de la periferia del Valle de México, donde nunca faltaba a una buena tarde de toros.
El destino quiso que este adiós ocurriera precisamente cuando se cumplen 41 años de la muerte de Valente Arellano, aquel prometedor torero de Torreón que falleció el 4 de agosto de 1984. Cuatro décadas después, el mismo albero que vio triunfar a ambos toreros en épocas diferentes, despidió de manera emotiva a Marcos Ortega.
La ceremonia adquiere un matiz agridulce al realizarse en una plaza que, paradójicamente, hoy se encuentra vetada para aquello que le dio razón de ser. La Plaza México, inaugurada el 5 de febrero de 1946 con una corrida de toros, permanece habilitada únicamente para espectáculos diversos, pero prohibida para la fiesta brava que la convirtió en la catedral del toreo mundial.
En este contexto, el último paseo de Marcos Ortega por el ruedo adquiere un simbolismo especial: el de un torero que pudo descansar por última vez en el lugar que amó, en una plaza que guarda celosamente la memoria de la fiesta brava mexicana, esperando tiempos mejores para volver a vibrar con el arte de Cúchares.